El Mito del Talento

Los Genios ¿Nacen o se Hacen?

“Tienes que ser técnicamente cualificado. Obviamente, yo no soy el jugador más dominante físicamente en la NBA. Mido 1.90 y peso 84 kilos y soy capaz de hacer muchas cosas diferentes en la pista. Capaz de driblar con las dos manos, de tirar dentro y fuera. Sé estar en defensa y para eso hay que tener corazón. Eso es lo más importante dentro de un equipo y la clave para darlo todo. No importa si tienes al lado al hombre más grande, el mejor, el que tiene más posibilidades de éxito. Hay muchas oportunidades para la gente pequeña que juega al baloncesto y si no las hubiera, yo no estaría en la liga”

Son palabras de Stephen Curry,  posiblemente el jugador de baloncesto más determinante del planeta. El que ya ha marcado una época en la NBA, la mejor Liga del mundo. Y lo ha hecho siendo único, siendo él mismo, algo diferente. Una estrella que juega en equipo, que no deslumbra solo con hacer acto de presencia, que no colecciona MVPs y demás premios individuales… ni le importa, ni los necesita. Su equipo, los Golden State Warriors, un equipo sin demasiado peso en la historia de la NBA, está marcando una dinastía tras ganar tres de los últimos cuatro anillos más una final en el año que no vencieron.

Sin embargo, esto no ha sido siempre tan evidente. En el draft del 2009, el año de su elección por los equipos NBA, seis equipos no vieron el potencial de ese pequeño jugador. Fue elegido con el número 7. Hoy, si se preguntase a esos mismos directivos qué jugador querrían para sus equipos, no habría apenas discusión. Tal es la influencia en el juego de Stephen Curry en la actualidad.

El Mito del Talento

El caso de Curry es un ejemplo de lo que nos gusta fijarnos en los mejores (sea el deporte o cualquier otra actividad) y quedarnos solo en el éxito, en su maestría, en su resultado actual. Y pasamos por alto o ignoramos todo el proceso que les ha llevado al punto en donde están ahora. Todo el trabajo que han realizado, todas las dificultades, desafíos y retos que han superado y todas las elecciones que han tenido que realizar en su camino. Es lo que se llama «el mito del talento». Por alguna razón desconocida para mi, hemos decidido asumir que el éxito, en este caso de Curry, le llega por un toque divino; es un genio, ha nacido con un don para el baloncesto, le ha tocado a él.

Se podría incluso reforzar esa teoría cuando sabemos que su padre también fue jugador de la NBA. Ahí ya metemos rápidamente la herencia genética. Está en sus genes. Ha tenido suerte. Así que te dices a tu mismo que tus genes no son especiales, tu padre es camionero, o comercial, o fontanero… no puedes hacer nada.

Sin embargo, Stephen Curry mide 1,90 y no es una montaña de músculos. Tampoco puede saltar de forma estratosférica. No es un prodigio de la naturaleza físicamente. Y mucho menos antes de ser profesional del baloncesto. Su característica principal es la técnica. La técnica y el amor por el juego. Y ha demostrado que con estas dos condiciones, puedes llegar a ser un “jugador dominante” en lo que te propongas. ¿No te parece una lección magistral?.

Técnica (trabajo) y corazón (amor por lo que haces). Esa es la receta que puedes copiar para ti mismo. Y añade un tercer factor que también tienes a tu disposición: la mente (o tu actitud).

No existe ninguna varita mágica

Si aún sigues dándole vueltas a la genética, a que tu no has nacido tocado por la varita mágica que a unos les da y a otros no, te voy a dar una explicación alternativa. Piensa que al ser el hijo de un jugador profesional de baloncesto, Stephen aprendió a amar el juego desde pequeño. Su tiempo libre lo pasaba con un balón de baloncesto, tirando a canasta en el patio de su casa. Horas y horas y horas.

Aún así, cuando jugaba en su instituto, su tiro era bastante regular, por lo que su padre,consciente de que necesitaría un tiro mucho más efectivo para tener alguna oportunidad de llegar a la élite, decidió cambiarle totalmente la técnica de tiro. Para ello dedicaron todo un verano  a reconstruir por completo su técnica de lanzamiento. Y fue un trabajo muy duro. Mucho. Tanto que en la familia se refieren a ese verano como “el verano de las lágrimas”.  No te digo más, sobre todo si tenemos en cuenta que Stephen ama tanto su “arte” que normalmente realiza una práctica de mil tiros a canasta ANTES de comenzar los entrenamientos.

Es el ejemplo perfecto de lo necesario para llegar a ser un maestro en cualquier ámbito: Trabajo, amor y actitud. Un triángulo que nos da la receta. Necesitamos de los tres factores, de los tres vértices para llegar a la maestría. Cierto que la genética ayuda, eso está claro. Pero no te asegura nada. Solo que a igualdad de los tres factores, la genética te dará un plus extra. No es excluyente y Curry es el ejemplo más actual que tenemos.

¿Su secreto? Sé tu mismo. Encuentra tu propia voz y exprésala. No te preocupes demasiado por los errores o por lo que se supone que deberías de ser o tener para hacer lo que te gusta, lo que te pone las pilas. Crea tu propio estilo, si quieres verlo así, no dejes de intentarlo porque te digan que no tienes los “genes” para hacerlo. Realmente tu ya sabes como hacerlo, está dentro de ti. Por eso te llama. Tu trabajo es dejar que salga de forma natural, eliminar las resistencias que te impiden hacerlo (actitud->mente).

La receta ya la tienes: Trabajo + corazón + actitud.

 

Si decides que ya es hora de expresar lo que llevas dentro o de ponerte a buscarlo de una vez por todas, un coach puede ayudarte mucho. Ponte en contacto conmigo, estaré encantado de acompañarte en tu aventura.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *